Por Raymundo Padilla Lozoya*

Parece poca cosa, pero en nuestros días aún se suele confundir el daño con el desastre. Se usan de manera indistinta y como sinónimo, pero no lo son. La raíz del problema se entierra profundamente en cada disciplina y las diferencias de enfoque producen diferencias conceptuales muy serias, evidentes cuando se trata explicar lo sucedido. Según el historiador Gerrit Jasper Schenk la palabra desastre tiene por equivalente en alemán las palabras desaster o unstern, que significan “bajo una mala estrella”. Explica que en las lenguas romances como el francés se refieren a désastre y en italiano a disastro, porque al parecer en el antiguo mundo era común creer que ciertas constelaciones de estrellas eran las responsables de eventos fatídicos para la vida de los humanos. Debemos recordar que en Asia y en el Continente Americano, durante los siglos XV y XVI, los cometas y hasta los eclipses fueron interpretados por las sociedades como fenómenos portadores de malos augurios y presagios malignos de acontecimientos funestos por ocurrir. Así lo hicieron los aztecas antes de la llegada de los españoles conquistadores, como lo documentó el maestro León-Portilla.

Y las coincidencias a lo largo del tiempo se han encargado de reforzar estas creencias hasta nuestros días en ciertos grupos incautos. Esta año 2017, por ejemplo, el 11 de febrero se apreció el cometa 45P/HMP, el 26 de febrero ocurrió un eclipse anular, el 21 de agosto se presentó un eclipse solar y en septiembre se presentaron en México desastres muy lamentables asociados a distintos eventos como la Tormenta tropical Lidia, el sismo magnitud 8.2, el huracán Katia, el huracán Max y el sismo de magnitud 7.1. La historia condena las coincidencias, sin embargo vale la pena cuestionar ¿cuál era la probabilidad de ocurrencia de un sismo en la Ciudad de México el día 19 de septiembre, durante la conmemoración del sismo de 1985, dos horas después del mega simulacro?. Cotidianamente los gestores de riesgos y desastres se preparan para lo posible, pero esta experiencia muestra que lo menos probable y casi imposible también puede ocurrir. Por coincidencia, mala estrella o por efectos de la naturaleza, los impactos causan daños cuando la sociedad es vulnerable.

Sin embargo durante siglos han perdurado dos añejas ideas fundamentales con relación a los desastres; la primera es que son actos de Dios y ocurren como un castigo divino ocasionado por un dios ante ciertas violaciones a sus códigos de conducta moral. La segunda es que los desastres son actos de la Naturaleza, son inevitables y serán prevenibles cuando el humano controle a la naturaleza. Ante la amplia perpetuación de estos paradigmas, a fines de los años setenta el antropólogo William Torry criticó a los sociólogos Rusell Dynes y Enrico Quarantelli por crear la impresión de que los desastres surgen únicamente como “actos de la naturaleza”. Y citó un par de trabajos donde esos sociólogos afirmaron: “Nosotros vemos los desastres como accidentes de la naturaleza que causan caos social y personal” y criticó que para algunos investigadores, erróneamente, los desastres “surgen dentro del orden de la naturaleza más que dentro del orden del hombre”. Así comenzó desde la antropología una crítica y un debate interdisciplinario que se ha sostenido más o menos constante por varias décadas, sin llegar a un consenso en nuestros días.

 

 

 

 

 

 

 

Fundamentalmente para el antropólogo William Torry, los desastres resultan de eventos que causan daño físico a la comunidad, tan severos que la mayoría de los servicios públicos y privados no proveen atención social o económica por un largo tiempo. Existan muertos o no, en los desastres ocurren daños y es necesario remplazar o hacer diversas reparaciones que requieren recursos económicos abundantes e imprevistos la mayoría de las veces. Vista de otra manera, la postura de Torry con relación al desastre, se trata de un evento acotado a un tiempo y un espacio en el que convive una comunidad.

En los años setenta, el antropólogo Anthony Oliver-Smith (1972) demostró que los desastres no están acotados a un tiempo y un espacio, como planteaba Torry, sino que tienen su origen en el pasado de las sociedades. Y desde los años ochenta y noventa, las ciencias sociales han debatido ampliamente el concepto “desastre natural” con argumentos aportados con base en el trabajo empírico que mostró que la vulnerabilidad es un agente permanente que se involucra con la sociedad en los desastres. Esta condición fue difundida en distintas publicaciones por los exponentes del enfoque alternativo, y se enfatizó que los desastres son problemas no resueltos por el desarrollo (Cuny,1983) que no son naturales sino básicamente sociales (Maskrey, 1993); se afirmó que “los desastres no ocurren simplemente, sino que son causados” por las sociedades (Oliver-Smith, 1994: 4) y que son problemas para la sociedad, no de la sociedad (Hewitt, 1997). De manera general, Allan Lavell consideró que los desastres son la evidencia de la relación inadecuada entre sociedad y ambiente (Lavell, 2000: 16). Y recientemente Oliver-Smith ha expuesto que los desastres implican mucho más que eventos catastróficos.

Son procesos que se desarrollan a través del tiempo, y sus orígenes están profundamente arraigados en la historia societal. Como tal, los desastres tienen raíces históricas, que se desarrollan en el presente, y en el futuro que los procede de acuerdo con las formas de reconstrucción que se llevan a cabo. Estos problemas se refieren directamente a la relación entre los humanos y la naturaleza y con las estrategias para formas más sostenibles de desarrollo (Oliver-Smith, 2009a: 2).

 

Entre las categorías más básicas para distinguir a los desastres se hace distinción entre los detonados por algún fenómeno natural y los desastres asociados a la intervención humana, también llamados antropogénicos. En esta definición de desastres antropogénicos se incluyen las guerras, las explosiones de químicos, la contaminación ambiental, las emisiones de CO2 a la atmósfera, el efecto invernadero, el calentamiento global y el cambio climático.

Otra categoría para distinguir los desastres se hizo notable después de los impactos del huracán Mitch en 1988 en Honduras y varios países de la región. A raíz de este huracán, se consideró que por su gran zona de impactos, ciertos desastres traspasan fronteras y tienen la capacidad de afectar poblaciones en distintos países, con diferentes grados de vulnerabilidad. Así, mientras algunos desastres pueden ser considerados regionales, otros, como el detonado por Mitch, son denominados desastres internacionales. Con ese argumento de que se trató de un desastre internacional, se generó una amplia atención, se compartieron responsabilidades con relación al número de muertos y los daños, pero además se gestionaron mayores apoyos internacionales (Lavell, 2000; Ensor, 2009).

La evidencia empírica ha permitido identificar que existen regiones en donde ciertas amenazas son muy recurrentes, y se perpetúan algunos patrones de vulnerabilidad que permiten a los desastres presentarse con mayor frecuencia. Ante estas variables, en 1997 el ambientalista Ravi S. Rajan incorporó el concepto de desastres crónicos, y sintetizó que “la repetición de patrones de vulnerabilidad produce y perpetúa desastres crónicos” (Rajan, 2002: 238).

Además de desastres crónicos también se distinguen otras categorías como desastres pequeños, medianos y grandes (Lavell, 1993, 1998, 1999, 2000). Se considera pequeños desastres a los que sin llegar a causar una catástrofe, generan alteraciones en la cotidianidad, afectan económicamente las estructuras sociopolíticas locales e implican períodos cortos de recuperación. Sin embargo, se ha documentado que estos pequeños desastres suelen menguar gradualmente la resistencia ante un fenómeno extremo y al producirse un impacto mayor contribuyen en que el desastre sea mayor. También Allan Lavell explica que “los recurrentes pequeños eventos erosionan de continuo la capacidad de desarrollo de las zonas y poblados afectados, y conducen a una inexorable acumulación de vulnerabilidades, que hace que el efecto de los grandes desastres sea más agudo una vez que suceden” (Lavell, 2000a: 36) Los medianos desastres “son aquellos que atraen la atención de los medios regionales y la recuperación se alcanza con capitales nacionales/estatales” (De la Parra, 2009: 19). Y los grandes desastres producen daños mayores a un millón de dólares, se reportan más de 100 muertos, y atraen la atención nacional e internacional de los medios masivos de información, por lo cual se reciben diversos apoyos extranjeros (De la Parra, 2009).

Recientemente se han utilizado otras categorías para denominar a los desastres como “intensivos” y “extensivos”. Por desastres intensivos se denomina a los sucesos en que se reportaron 25 o más muertes y/o fueron destruidas 300 o más viviendas. Y por desastres extensivos, en los que mueren menos de 25 personas y/o se dañan menos de 300 viviendas (UNISDR, 2013: 14).

En síntesis, los estudios sociales han demostrado que sin una comunidad afectada por una amenaza no existe un desastre, sencillamente porque no hay lesionados ni muertos, solamente el ciclo habitual de la naturaleza. Pero desde las ciencias sociales, particularmente desde la antropología se ha documentado que “los desastres combinan dos elementos: población humana y un agente potencialmente destructivo que es parte de todo el sistema ecológico, que incluye todos los factores naturales, modificados y construidos. […] Son procesos más que eventos aislados y temporalmente demarcados en un exacto fragmento de tiempo” (Oliver-Smith y Hoffman, 2002: 3) Sin embargo, el factor determinante es la “vulnerabilidad, evidente en la localidad, infraestructura, organización sociopolítica, sistemas de producción y distribución, e ideología de la sociedad. Un patrón social de vulnerabilidad es el núcleo central de un desastre” (Oliver-Smith y Hoffman, 2002: 3).

 

* Periodista, historiador y antropólogo. Publicaciones recientes: https://ucol.academia.edu/Raypadillalozoya