Investigación y plagio

Para la Real Academia Española “plagiar” es “copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias”(1) Por lo tanto, José Gilberto Ibáñez Anguiano incurrió en plagio parcial, pero literal, de un artículo de mi autoría.

El día 27 de octubre del año 2011, el periódico Colimán publicó un texto titulado “1959, año trágico que sacudió a Mina y a Manzanillo”, firmado por José Gilberto Ibáñez Anguiano. En ese texto, José Gilberto Ibáñez Anguiano incluyó, sin mi consentimiento, un fragmento de mi artículo titulado “Otro Día de Muertos: 27 de octubre de 1959”, el cual redacté y difundí el año pasado en Avanzada, el Comentario, AF Medios y El Buen Vecino, medios periodísticos que generosamente le han brindado difusión a mis ideas y hallazgos de investigación. El fragmento plagiado es el siguiente:

“en Minatitlán arrastró a hombres, mujeres y niños al río Minatitlán que también es nombrado Chacala, Paticajo y Marabasco en la desembocadura de Cihuatlán. Este recorrido de los cadáveres es importante porque en entrevista Rogelio Salas Guedea, presidente municipal de Cihuatlán en 1959 recordó: “encontramos cerca de 100 cuerpos en la desembocadura del río Marabasco”. Y también dijo que “muchos cuerpos no fueron sepultados cristianamente, debido a que los cihuatlenses no denunciaban cuando encontraban un muerto enterrado en la playa, porque los militares los obligaban a desenterrar el cuerpo”.

En cambio, en Minatitlán, los cuerpos encontrados entre el fango fueron sacados y enterrados en fosas comunes que cavaron las cuadrillas de minatitlenses, organizadas por el entonces alcalde Juan Michel Figueroa, el padre Teodoro Guerrero Gallardo y el profesor Héctor Mancilla Figueroa. Evidentemente ellos fungieron como representantes de los pilares morales de la comunidad: las leyes, la fe y la educación, en un momento en que el dolor por la muerte era compartido y el entierro perdía parte de su ritualidad.

En entrevista el ingeniero Francisco Javier Mancilla Aguilar afirmó que en el pueblo de Minatitlán fallecieron 205 personas. Por su parte el profesor Héctor Manuel Mancilla Figueroa publicó que hubo entre 296 y 312 muertos. El periodista Ismael Aguayo Figueroa en su libro llamado Ciclón señaló 350 personas fallecidas y el profesor Manuel Velasco Murguía dijo: “fueron varios cientos”. Las cifras evidentemente están en desacuerdo y son imprecisas. Y cuando acudimos a las noticias publicadas en la prensa internacional, nacional y local son exageradas.

[…] 84 hombres y 108 mujeres. Y con base en las edades reportadas, cuantifico que perecieron 89 infantes entre 1 y 9 años, 29 adolescentes entre 10 y 14 años, 10 jóvenes entre 15 y 18 años, y 64 adultos mayores de 18 años. Evidentemente la mayoría de los muertos en Minatitlán fueron niños, adolescentes y jóvenes menores de 18 años de edad.

A la segunda lista, la que contiene los 192 nombres de fallecidos, debemos sumar los 3 militares que registró el periodista Macedo López: “Teniente J. Jesús Cortés Botello, el sargento segundo de infantería Ángel Villanueva Huerta y el soldado Ezequiel Carmen Marcial”

Cuantitativamente se trata de 359 palabras que componen un texto de 1923 caracteres divididos en cinco párrafos y 34 líneas de texto, que pueden significar poco para algunas personas. Pero, para quienes se dedican a indagar y escribir historia o son profesionales de la investigación, en la redacción de este fragmento notarán un proceso complejo de elaboración de información original.

Cuando cursaba la maestría en Historia en la Universidad de Colima, en el año 2001, inicié el proceso de esta investigación. Primero me pregunté ¿qué pasó con los cuerpos que arrastró el río Minatitlán? Entonces identifiqué que el río Minatitlán llega hasta Cihuatlán y deduje que el alcalde de ese lugar, en 1959, podía saber algo. Me preparé para ir a visitar al exalcalde y compré con dinero de mi beca de estudio de maestría el pasaje de ida y vuelta de Colima hasta Cihuatlán. Dediqué un día para buscar y entrevistar a don Rogelio Salas Guedea, quien muy amablemente me recibió en su casa y generoso me concedió una entrevista, la cual registré en grabadora de cassette y pilas que compré con dinero de la beca, que también usé para pagar el hospedaje en un hotel de Cihuatlán, así como una comida, cena, desayuno y la comida del siguiente día. En esta breve etapa gasté alrededor de 2000 pesos, que no representan poco para un estudiante de maestría.

También invertí dinero de la beca al entrevistar a cuatro testigos: en Colima a don Juan Michel Figueroa, en Cuauhtémoc al sacerdote Teodoro Guerrero Gallardo y en Minatitlán a Héctor Manuel Mancilla Figueroa y a Francisco Javier Mancilla Aguilar. Ellos generosamente me describieron cómo organizaron a los damnificados y al demás pueblo en los días dedicados a la emergencia y rehabilitación de Minatitlán, además me explicaron su contabilización de fallecidos.

Para redactar el fragmento que plagió José Gilberto Ibáñez Anguiano, dediqué horas a la lectura del libro titulado Ciclón, del periodista Ismael Aguayo Figueroa y al libro Relatos de Colima, del profesor Manuel Velasco Murguía, con el propósito de extraer, fichar y contrastar información para triangular fuentes y precisar datos acerca del número de fallecidos, además de los citados en la noticia publicada por el periodista Gregorio Macedo López.

Pero, como los datos publicados no coincidían, acudí al Archivo Histórico del Estado de Colima para buscar alguna lista oficial de los fallecidos en Minatitlán. Tardé mucho tiempo pero encontré las dos listas de muertos que cito en mi artículo. Pero tuve que revisar durante días y muchas horas varias cajas de cartón, de un tamaño de 60 centímetros de largo por 40 de ancho y 50 de alto, repletas de expedientes y carpetas con oficios, una tras otra, hasta localizar las listas, que por fortuna existen.

Con las entrevistas grabadas, dediqué incontables horas a escucharlas y transcribir poco a poco cada sesión con el entrevistado, con muletillas y hasta con silencios, como lo indica la metodología de la historia oral. Y por cada minuto audiograbado de cada entrevista necesité de al menos cinco minutos de atención, redacción y corrección para hacer las transcripción completa del testimonio.

Con las transcripciones impresas en papel y con los documentos recopilados en fichas de contenido, realicé una lectura general de todo el material y así construí categorías emic y etic para agrupar la información codificada de manera casi artesanal con el procesador de palabras llamado Word, de la computadora que compré con dinero de la beca. Fue necesario además diseñar una tabla de temas e ideas repetidas, en la que vacié la información correspondiente de cada categoría. Y con cada una de las categorías redacté secciones que forman cada uno de los párrafos que cómodamente plagió José Gilberto Ibáñez Anguiano.

Escribir un texto original requiere de creatividad, habilidad, conocimiento, lectura de libros, horas de dedicación y revisión documental, fichas en bases de datos, a veces sacrificio familiar y viajes para consultar archivos y entrevistar testigos. Este proceso rara vez lo conocen y reconocen los lectores. Pero además hacer una investigación académica conlleva muchos recursos económicos y no es justo que alguien simplemente copie, firme un texto o fragmento que no le pertenece, lo publique y además goce de un salario por parte de una empresa periodística que debe estar dada de alta en hacienda, como cada uno de sus empleados.

El trabajo periodístico, entiendo, requiere de credibilidad, que se gana con la calidad del oficio que la empresa o el periodista ofrecen al público a través del formato escrito de textos. Por lo tanto, un periodista que incurre en el plagiado para publicar carece de calidad, lo menos es deshonesto e indigno de confianza, porque contraviene los valores del oficio periodístico que han expuesto reconocidos periodistas como Carlos Marín, Vicente Leñero, Manuel Buendía, Raymundo Riva Palacio y Kapuscinsky, entre otros. Tal vez por ignorancia y sin dolo, pero con malas mañas, José Gilberto Ibáñez Anguiano copió el fragmento citado y lo colocó textualmente en su texto, sin hacer la cita o referencia adecuada a mi trabajo y lo publicó como suyo. Ese acto se llama “plagio”, es una infracción del derecho de autor y está tipificado como delito por la Ley, veremos qué procede…

Referencia:

(1) Real Academia Española, en: http://www.rae.es/rae.html

* Licenciado en Letras y Periodismo, maestro en Historia y doctorante en Antropología en el CIESAS DF. Integrante de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos. Blog: https://raypadilla.wordpress.com/

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