El “chubasco” del 58 en San José del Cabo, BCS

La Península de Baja California Sur (BCS) es un territorio más conocido por sus servicios turísticos, que por sus calamidades. Se difunden las bellezas naturales y los servicios turísticos, pero poco la riqueza de su historia. Y en verdad la historia de BCS tiene mucho por contarnos y enseñarnos. Sobre todo las historias contadas por su gente, los fundadores, los más añozos, los más sabios, los “choyeros”, sudcalifornianos, cabeños o josefinos, como ellos mismos se autonombran (1).

Los Choyeros suelen llamar a los ciclones tropicales como “chubascos, tifones, temporales, ciclones y huracanes”. Los chubascos los pronuncian literalmente como “chubagshcos”, con el acento característico choyero, que sustituye la “s” por la “g”, pero a la “s” le agregan una “h”.

Durante una breve estancia de trabajo etnográfico entre febrero y parte de marzo de 2011, tuve la oportunidad de entrevistar a 19 personas, en San José Viejo Ampliación, San José Histórico Fundador y la comunidad La Playa, en BCS. En largas charlas, audiograbadas y videograbadas, me contaron acerca de sus experiencias con los ciclones tropicales. Y entre los más antiguos archivos de su memoria colectiva se encuentran recuerdos asociados a los impactos del fenómeno hidrometeorológico que causó grandes estragos la noche del día 4 de octubre de 1958.

Toda memoria histórica se compone de elementos orales y/o escritos, evidenciables por medio de documentos, que pueden ser gráficas, mapas o fotografías, por mencionar algunos. En el siguiente relato ensayaré vincular la evidencia documental con algunos de los testimonios recopilados. Y en conjunto armarán, como en un rompecabezas, parte de la historia de un desastre.

El fenómeno hidrometeorológico fue registrado desde el 30 de septiembre frente a las costas del estado de Guerrero y en los días posteriores avanzó paralelo a las costas de Michoacán, Colima y Jalisco (2).

“Amenaza las costas de Colima una perturbación ciclónica”, en Diario de Colima, 1 de octubre de 1958, 1
“Amenaza las costas de Colima una perturbación ciclónica”, en Diario de Colima, 1 de octubre de 1958, 1

Al rastrear este fenómeno en la prensa de esas fechas, encontré en mi base de datos una nota del periódico Diario de Colima, publicada en la primera plana de la edición del 1º de octubre, donde se menciona que: “la quinta perturbación ciclónica del Pacífico se encuentra actualmente frente a las costas del estado de Guerrero” (“Amenaza las costas de Colima una perturbación ciclónica”, en Diario de Colima, 1 de octubre de 1958, 1). Según se lee en esta noticia, el reporte del Servicio Meteorológico Mexicano identificó que esta perturbación había sido registrada “a unos trescientos cincuenta kilómetros al sudeste del puerto de Acapulco” (Ibid) y se movía en dirección al noroeste, por lo cual debían tomarse las “precauciones para la navegación en la zona comprendida entre los estados de Colima y de Guerrero [aunque además] se encuentran amenazadas las costas de Michoacán, Colima y Jalisco” (Ibid).

También localicé en la edición del 5 de octubre del periódico El Informador, de Guadalajara, una breve noticia en la cual se lee que el día 4 de octubre: “la perturbación se hallaba a 80 millas náuticas [148 kilómetros] al sud-sudeste de Los Mochis y avanzaba en dirección nor-nordeste a razón de 26 kilómetros por hora” (“Otro huracán en el Pacífico”, en El Informador, 5 de octubre de 1958).

Según la noticia de El Informador, el pronóstico del observatorio “anunció que probablemente el ciclón llegase a la costa [de Sinaloa] alrededor de mediodía, hora del Pacífico” (Ibid).

Acertadamente, otra noticia de El Informador del 6 de octubre describe que los efectos del fenómeno se notaron desde el viernes 3 de octubre en las costas de Sinaloa y Sonora. El día sábado 4, entre las 10 am y las 3 de la tarde, los meteorólogos registraron en sus anemómetros la velocidad y dirección de los vientos de 100 kilómetros por hora y presencialmente fueron testigos de los daños. Tras el paso de este meteoro sobre Ciudad Obregón, Sonora, quedaron 200 casas destruidas en la Colonia Constitución y los damnificados fueron a refugios. Por treinta horas no hubo luz eléctrica, ni comunicaciones telefónicas y telegráficas. Además el huracán causó daños en obras de irrigación, aunque la noticia no describe a qué tipo de obras se refiere (“Los daños en Ciudad Obregón”, en El Informador, 6 de octubre de 1958)

La noticia del día 6 menciona que en Los Mochis, Sinaloa, los efectos se sintieron desde el viernes 3, pero el domingo 5 se registraron vientos de 96.5 k/h y el fenómeno causó daños en instalaciones eléctricas. En Guaymas, Sonora los vientos tumbaron palmeras en la plaza.

Con base en las características mencionadas por las noticias, este fenómeno hidrometeorológico en realidad se trató de una Tormenta Tropical, no de un huracán como lo tituló la noticia de El Informador del 5 de octubre: “Otro huracán en el Pacífico”. Según la escala desarrollada por Herber S. Saffir y Robert Simpson, conocida simplemente como Escala de Huracanes Saffir-Simpson: cuando un ciclón tropical contiene vientos entre 63 y 118 kilómetros por hora, se le clasifica como Tormenta Tropical, no huracán (3).

En otra fuente, la base de datos alojada en weather.unisys.com contiene una gráfica que ilustra la trayectoria de un ciclón tropical con duración entre los días 30 de septiembre y 6 de octubre, que inició su manifestación como Huracán Categoría 1 con vientos de 75 millas, esto es, 120 kilómetros por hora, frente a las costas de Guerrero. En la descripción ampliada de la gráfica se registra que siguió una trayectoria paralela a las playas mexicanas y tuvo una penúltima etapa como Tormenta Tropical, sobre Sonora, con vientos de 45 millas, es decir, 72 kilómetros por hora. Y finalmente, sobre territorio estadounidense, fue Depresión Tropical con vientos de 25 y 20 millas, que corresponden a 40 y 32 kilómetros por hora, respectivamente. Por razones desconocidas, la base de datos no cuenta con el registro de presión barométrica.

Esta es la trayectoria de weather.unisys que caracteriza a este fenómeno como Huracán categoría I
Esta es la trayectoria de weather.unysis que caracteriza a este fenómeno como Huracán categoría I. Imagen: http://weather.unisys.com/hurricane/e_pacific/1958/11/track.dat

En resumen, tenemos tres distintas fuentes informativas con datos físicos comparables, la primera es el reporte del Servicio Meteorológico Mexicano, la segunda es el “pronóstico  del observatorio” citado en El Informador. Y la tercera es la trayectoria de la base de datos weather.unisys.com (4) Si analizamos la información, en la primer fuente obtenemos sólo el aviso o alerta. En la segunda fuente hay características físicas de una Tormenta Tropical. Y con la base de datos tenemos registros de un Huracán Categoría I.

Antes de 1990, existían desacuerdos científicos para denominar a los fenómenos hidrometeorológicos extremos, por la sencilla razón que no había una sola escala universalmente aceptada. La Escala de Huracanes Saffir-Simpson (5) fue formulada en 1969 y fue citada por primera vez en la edición de mayo de 1990 del Monthly Weather Review. Por lo tanto los fenómenos hidrometeorológicos registrados en observatorios y difundidos por fuentes periodísticas, difícilmente eran categorizados con una misma escala antes de 1969 y eran denominados de distintas formas donde los registraban.

Ante esta situación, los testimonios de los sobrevivientes y las gráficas de los impactos pueden aportarnos otras luces para caracterizar al fenómeno hidrometeorológico del 4 de octubre de 1958. En el estudio histórico de los desastres, el testimonio oral contiene datos de efectos e impactos de un ciclón tropical, como se verá en este caso. Pero además, el testimonio evidencia múltiples percepciones del fenómeno y del desastre, expone las relaciones socioambientales, las prácticas para protegerse, las acciones de respuesta y hasta los medios divinos a los que recurre la comunidad, según su religiosidad, para enfrentar la situación, entre muchas otras variables sociales.

Los testimonios son una pequeña muestra discursiva de la memoria colectiva asociada a un acontecimiento desastroso. Y en esta ocasión, he seleccionado solamente cuatro descripciones que permiten identificar algunos aspectos familiares y parte del modo de vida de los testigos cuando fueron impactados por el fenómeno hidrometeorológico del 4 de octubre de 1958 en San José Viejo Ampliación, San José Histórico Fundador y la comunidad La Playa, en BCS. Este es un ensayo histórico y periodístico, producto de una pequeña parte de la investigación de tesis doctoral que actualmente desarrollo. Advierto al lector que he editado las narraciones de los testigos para facilitar su lectura, evitar muletillas, mejorar la redacción y precisar el relato.

Daniel González Agundez (1), Benicia Olachea Alarcón (2), Carlos Ceseña Castro (3) y Sixta Rafaela Gabarain Montaño (4) (Fotos Betty Bracamontes).
Daniel González Agundez (1), Benicia Olachea Alarcón (2), Carlos Ceseña Castro (3) y Sixta Rafaela Gabarain Montaño (4) (Fotos Betty Bracamontes).

Daniel González Agundez vive en la comunidad costera llamada La Playa y nació el 15 de noviembre de 1941, por lo tanto tenía 17 años en 1958 y recuerda que: “Nosotros estábamos pequeños cuando se vino el chubasco del 58, vivíamos en casa de tableta de madera de palma. Mi papá nos ponía a sostener la ventana de madera por dentro, para que el viento no entrara. Porque nos tumbaba el viento cuando se venían rachas.

Los caballetes de los techos […] volaban como hoja de papel. Enfrente de mi casa había una hilera de mango, pero era tan fuerte el viento que hacía remolino, y los troncos así los quebraba y los volaba como hojita, como una hoja de papel.

Las casas tenían techo de palma. Entonces lo que hacía el papá de uno era agarrar piedras grandes y [las] amarraba con un chicote de allí [del caballete] y ya, o sea, anclaba la casa. Porque la que se zafaba ¡vámonos a volar!

 

Benicia Olachea Alarcón también vive en La Playa, nació el 23 de agosto de 1934 y tenía 23 años en 1958, por lo tanto recuerda muchos detalles:

“Del fuerte que yo sé… pues yo ya estaba casada, tenía cinco días de casada en el 58, cuando se vino el tifón que le nombraron. Entonces tumbó la escuela, tumbó la iglesia, tumbó la casa de mi mamá. Fue el cuatro de octubre, día de San Francisco.

Entró como a las 11 de la noche, pero empezó la marejada temprano, como las cinco de la tarde con mucho viento. Ya después se empezó a nublar y a llover lentito lentito y ya dijeron que iba a llegar el mal tiempo. Y sí, como a las 11 de la noche cayó. Ahí en la casa de mi marido era un río porque tumbó puertas y ventanas. Quedamos todos en el puro cuadro de la casa. Estábamos durmiendo mi esposo y yo cuando nos asustó, y tuvimos que brincar de la cama cuando empezamos a sentir que se movía el techo de la casa porque era de palma pues. Y tronaban los amarres.

Tumbó todo y hasta allá hasta la punta de allá estaba el agua. No podía pasar la gente a San José, porque estaba inundado [el arroyo San José]. En lancha pasaba la gente golpeada, porque se fueron a refugiar a la iglesia y les cayeron los ladrillos encima y les quebraron las piernas. La iglesia estaba mal hecha, no tenía refuerzos y tenía techo de palma, no tenía castillos, no tenía nada, pegaron los ladrillos así nomás.

En la imagen se observa que el techo tenía caballetes de madera.
En la imagen se observa que el techo tenía caballetes de madera.

Carlos Ceseña Castro vive en San José Histórico Fundador y nació el 18 de octubre de 1943; tenía 15 años en 1958 y narra que: “En el 58 vivíamos allá con mi papá. Teníamos una casa de palma y voló todo el techo. No nos enterábamos que venía un huracán hasta que ya lo teníamos encima. No había radio, menos televisión, ni luz entonces. Era una pobreza…

Cuando voló el techo anduvimos refugiándonos en demás casas. Hacíamos bola para protegernos y estar ahí juntos, no había de otra. En el 58 no había casas de colado, era un pueblo muy pequeño, con unas cuantas casas. Era casi puro monte, no había casi civilización. Mis hermanos se dedicaban a la agricultura. Aquí vivíamos en el piso, no se usaban camas, dormíamos en el suelo, en vil tierra. Ahí vivían también los perros, las gallinas, todo junto con nosotros… y no nos hemos muerto.

Cuando venían los chubascos nomás se hacía una laguna aquí, pero no pasaba más. Siempre duraba varios meses el agua para irse. Andábamos en el agua con el pié pelado, pues no había zapatos. Le abrían camino al agua para que se alejara de la casa. Recuerdo que el gobierno mandó una ayuda, era una ayuda mala, era frijol, pero durisisísimo, lo tenían que moler machucándolo con piedra, porque solamente así lo podíamos comer y como era el hambre… aunque estuviera medio duro y crudo así le entrábamos.

 

Sixta Rafaela Gabarain Montaño vive en San José Viejo Ampliación y tiene 75 años, nació en 1936 y tenía 22 años en 1958. Ella describe que: “Pues del primer chubasco que tengo razón, estábamos en la sierra en un rancho muy lejos, llamado el Güérigo. En ese rancho criábamos ganado y hacíamos queso. Teníamos una casita y un gallinerito.

La primer hija la tuve a los 15 años, a los nueve meses de casarme. En total tuve nueve hijos. Cuando nació mi primer hija no sabíamos ni mi esposo ni yo [lo que sucedería]; nomás tenía mucho dolor. Éramos muy pobres, no tenía con qué cambiarla o envolverla, nació como un animalito. Mi esposo le trozó la tripita, la bañó y se me estaba muriendo de frío. Le mandé hablar a mi mamá y ella tenía ropita que me dio para envolver la niña. Por suerte nació en tiempo de calor, si no, hubiera muerto de frío.

En el chubasco del 58 quedamos sin casa, sin nada. Sin luz, sin leña, todo se nos mojó. Tábamos haciendo queso y los quesos botaron para la tierra, estaba corriendo el agua.

Ese chubasco fue muy muy fuerte. Mi esposo metió bajo de la cama de tapete a los niños, eso fue lo que los salvó. Quedamos en el llano [resistiendo los efectos del chubasco]. Nosotros quedamos nomás velando a los hijos ahí a un ladito de ellos, resistiendo el agua, [al aire libre]. Así pasamos toda la noche.

A la mañana siguiente pusimos las tilanguitas [ropa] al sol a que se secaran. Buscamos unas leñitas para atizar [el fuego]. Sin nada para comer, todo se nos mojó. Tenía criaturas chiquitas, uno de un año, otro de dos años y otro en la panza.

Al siguiente día bajó mi esposo para [San José del Cabo] para buscar qué comer. Se vino caminando hasta aquí [SJC]. Cuando venía apurado llegaba de un día para otro, no había carretera, carros, nada. Llevó galletas para los plebitos [niños] y atunes. Y en los días después comenzamos a limpiar y a encerrar el ganado”.

En los testimonios se evidencian datos de efectos e impactos del chubasco. Como efectos la marejada, el viento intenso que abre ventanas y levanta techos, la inundación de las pocas calles y terrenos. Entre los impactos destaca parte del templo colapsado, casas destechadas y gente golpeada. También se notan prácticas para mitigar los impactos, como anclar los caballetes de los techos con piedras y cuerdas, abrirle camino al agua para reducir la inundación y meter a los niños bajo la cama para evitar que los arrastre la intensidad de los vientos.

Sobresalen también cuatro formas distintas de nombrar a un mismo fenómeno, lo llaman chubasco, tifón, mal tiempo y huracán. Estos sinónimos evidencian la antigua familiaridad con este tipo de fenómeno hidrometeorológico. Chubasco parece ser la descripción de un fenómeno repentino con mucha lluvia y viento, pero que pasa rápido, como ocurre con algunos huracanes que en tres o cuatro horas cruzan una comunidad. El chubasco del 58, según los testimonios, comenzó su etapa intensa a las 11 de la noche y terminó en tres horas, entonces se vieron las estrellas y la luna, en un cielo despejado. Tifón es un sinónimo de huracán, principalmente usado en Asia, donde derivó del vocablo “jufen”.  Y la palabra huracán, proviene de los nativos taínos, caribes e indocubanos, para quienes el huracán era una deidad llamada “jurakán”. A la llegada de los españoles en el siglo XVI al Caribe y Península de Yucatán se castellanizó el vocablo y quedó como huracán.

Destaca también que la ayuda oficial no siempre ha sido buena, pues como lo menciona Carlos Ceseña, el frijol era: “durisisísimo”. Y es muy interesante la conjetura de Benicia Olachea, cuando recuerda que este fenómeno llegó un “cuatro de octubre, día de San Francisco”. Curiosamente, en otros lugares, San Francisco es Santo Patrono de tempestades y huracanes. Y su cordón atado a la cintura es como herramienta para atar los vientos del famoso “cordonazo” de San Francisco. No digo que en el chubasco del 58 en San José del Cabo surgió la creencia del cordonazo, pero coincidencias como esta refuerzan el mito de que esta fecha puede ser trágica, si San Francisco está molesto con alguna comunidad.

En la imagen se nota el cordón que ciñe la cintura de la imagen de San Francisco y los tres nudos que cuelgan y fortalecen la creencia de "El cordonazo de San Francisco"
En la imagen se nota el cordón que ciñe la cintura de la imagen de San Francisco y los tres nudos que cuelgan y fortalecen la creencia de “El cordonazo de San Francisco”

Los datos técnicos de los observatorios y de la base de datos weather.unysis.com caracterizan este fenómeno hidrometeorológico entre Tormenta Tropical y Huracán Categoría I. Pero hay que considerar los testimonios, pues aluden a este chubasco como el más intenso que hayan percibido en su historia. Tuvo un desplazamiento rápido de tres horas, sus efectos fueron muy intensos y sus impactos dañaron muchas construcciones realizadas por expertos en casas “ciclonicoresistentes”, buscaré cuál es el origen de esas casas. Lo mejor es seguir indagando en busca de más evidencia histórica que permita enlistar los efectos y más impactos para hacer una mejor caracterización del chubasco del 58.

Citas y referencias:

(1) Seguramente alguna carga de significado e identidad particular debe contener cada denominación.

(2) Deducción con base en la trayectoria registrada en http://weather.unisys.com/hurricane/e_pacific/1958/index.html

(3) Véase Cenapred (2007) Ciclones Tropicales, 11. En: http://www.cenapred.unam.mx/es/Publicaciones/archivos/3112008Fasc._Ciclones_2007.pdf

(4) Véase: http://weather.unisys.com/hurricane/e_pacific/1958/index.html

(5) Saffir, H. S., y R. H. Simpson (1989) Saffir-Simpson Hurricane Scale. NHOP, FCM-P12-Apéndice E.

 

* Licenciado en Letras y Periodismo, maestro en Historia y doctorante en Antropología en el CIESAS DF. Integrante de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos. Blog: https://raypadilla.wordpress.com/

Contacto: raypadillalozoya@hotmail.com y raypadillalozoya@gmail.com

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