Riesgos en el trabajo de campo

En San José del Cabo algunas calles llevan por nombre algunos fenómenos hidrometeorológicos, como esta llamada Huracán

Y ante la ausencia de un terapeuta, desahogaré mi frustración en este artículo. Quien no desee reírse de mis desventuras deje de leer ahora mismo.

Antes de continuar la descripción aclaro que omitiré los nombres de los involucrados, porque así lo considero conveniente. Baste con señalar que entrevisto a personas mayores de 70 años, principalmente a los pocos fundadores de San José Viejo Histórico Fundador, San José Viejo Ampliación y la colonia llamada La Playa. Ellos tienen más experiencias con huracanes (acá les llaman “chubascos”) y son quienes pueden explicarme a detalle cómo se prepararon y enfrentaron a estos fenómenos extremos cuando no existía Protección Civil Municipal.

Durante una entrevista a un capitán de barcos pesqueros, quien sorteó diversos huracanes y sobrevivió increíblemente a un naufragio, empecé a sentir los malestares típicos de la indigestión estomacal. Con mucha pena y urgencia le pedí que detuviera el relato y me permitiera usar su sanitario. Al salir del baño fue evidente mi situación y hasta bromeamos un poco. Ni modo, estas cosas suceden cuando uno menos lo espera. Y es más posible detener una entrevista que una reacción estomacal.

Una noche mientras redactaba mi diario de campo, sin darme cuenta me venció el sueño. A eso de las 2:30 de la mañana desperté y en el cuarto la televisión seguía encendida y yo tenía muchas ganas de ir al baño. Por lo anterior me levanté muy rápido de la cama y tanteando llegué hasta el baño, abrí la puerta y me dispuse a orinar, pero de pronto empecé a sentirme débil, me sujeté un poco al lavamanos y perdí el control de mis movimientos. Desperté cuando mi adorada esposa estaba frente a mi, asustada por verme en el suelo, recuperando lentamente la conciencia. Afortunadamente no me oriné en la pijama, pero sí me costó mucho trabajo incorporarme porque mi cuerpo cayó sobre mi pierna derecha y todo el peso lo soportó mi tobillo. Al siguiente día, cuando relaté la anécdota a mis amigos en San José y a mi madre por teléfono, me enteré que es malísimo levantarse de prisa de la cama, pues según me explicaron, el corazón no irriga suficiente sangre al cerebro y es posible descompensarse, como me sucedió. A partir de ese día, caminar ha sido doloroso y aunque el descanso solucionaría el problema, este es imposible cuando se tiene una agenda y los días contados para el trabajo de campo.

Antes de relatar mi última desventura, debo aclarar que desde que cursé la Licenciatura en Letras y Periodismo, la maestría en Historia y ahora el doctorado en Antropología, he realizado incontables entrevistas en diversas situaciones, incluso algunas tensas e incómodas, pero jamás me sentí en riesgo o puse mi vida en peligro. Y justo cuando menos lo esperaba me sorprendió una situación bastante incómoda.

Primero debo aclarar que existen diversas prácticas propias del proceso metodológico de una entrevista. Pero imprescindiblemente uno como investigador debe pedir permiso para ingresar al hogar, hay que presentarse formalmente y mostrar credenciales, explicar a detalle las razones de la visita y solicitar amablemente la entrevista, además de pedir permiso para audiograbar (si es el caso) y explicar el uso del testimonio. Una vez realizado este ritual, comienzo a preguntar datos generales y poco a poco voy a los particulares de mi tema de interés.

Bueno, pues hace pocos días, por la mañana, recorrí en automóvil varias empolvadas y terregosas calles de San José Viejo Ampliación, en busca de una casa que me dijeron estaba frente a un baldío lleno de autos que son vendidos en partes. Desde que me fui internando en la colonia el entorno estaba cubierto de casas construidas con madera y láminas de cartón y otros materiales muy endebles. Es notable la pobreza económica de quienes viven en esa colonia conformada primero por unas pocas familias de fundadores y luego por cientos de migrantes de diversas partes que vienen en busca de trabajo y bienestar.

Así, por las señas que me dieron, llegué a una casa, más bien un cuarto amplio, sumamente humilde, entre el polvo del piso y las ramas de un árbol que daba un poco de sombra. Esa casa de un solo cuarto, tenía paredes de madera vieja y apolillada, el techo era una lona que fue publicidad de un candidato perredista y al filtrarse la luz del sol entre la lona, se proyectaba abajo un tenue color rojizo. Entré poco a poco, con precaución por si había un perro guardián y mientras caminaba iba llamando por su nombre a la persona que estaba buscando.

A los pocos segundos salió de detrás de la casa una mujer muy mayor de edad, caminando lentamente mientras se apoyaba con un artefacto que en los hospitales es llamado andadera. Vestía una blusa que alguna vez fue blanca y un largo vestido roto y de color azul marino. Su arrugada cara era enmarcada por su canoso pelo despeinado que estaba unido en una larga trenza.

Esperé su llegada parado junto a una mesa de madera que servía de comedor y ella poco a poco se fue acercando a una de las sillas de plástico llenas de polvo. Nos sentamos y saqué mi audiograbadora, presioné el botón y comencé a grabar el ritual de presentación. Esperé su respuesta afirmativa y en muy cortas palabras me dijo: “Pues a ver qué mentiras te puedo contar” y luego sonrió.

Sentados uno al lado del otro, estiré mi mano con la grabadora para ponerla a unos 50 centímetros de su boca, porque su voz era débil. Y cuando le hice la primera pregunta, me sorprendió que giró la cabeza hacia el lado contrario de donde me encontraba yo y lentamente volteó hacia mi moviéndola de arriba abajo. Fue un movimiento extraño, como si buscara ver algo u olfateara algo particular. Aún recuerdo ese momento y no atino por qué se movía así. Creo que estaba enferma de algo psicomotriz.

Hice la segunda pregunta y antes de responder me cuestionó: “¿Me estás grabando, verdad?” Yo le dije que sí y que era para no olvidar lo que me describiera. Luego me cuestionó: “¿Y qué me preguntabas?” Y entonces le hice la segunda interrogación y en pocas palabras me contestó lo que le pregunté. Hice la tercera pregunta e igualmente me contestó, aludiendo un poco a sus vecinos de quienes dijo que eran puros fuereños. “Sin agraviar a los presentes”, agregó. Y mencionó que a los que somos de otros lugares se nos nota inmediatamente. Y justo cuando iba la cuarta pregunta, me volvió a cuestionar si la estaba grabando y le contesté afirmativamente y le pregunté nuevamente que si le molestaba la apagaba y solamente platicábamos sin grabar. Pero no me dijo “no”, ni manifestó molestia, simplemente estiró su mano, tanteó en la mesa con sus dedos hasta que encontró el cuchillo que estaba ahí. Lo tomó con la mano derecha y lo movió un par de veces sobre su palma abierta de la mano izquierda. Y nuevamente preguntó: “¿Me estás grabando, verdad?”.

Jamás me imaginé amenazado con un cuchillo casero lleno de cebolla y jitomate, pero justamente eso estaba sucediendo. No me amenazó verbalmente, pero tampoco fue necesario. No me pidió que apagara la audiograbadora, pero tampoco fue necesario. La apagué inmediatamente y la metí en una bolsa de mi chaleco, cambié de tema como pude y con precaución me paré mientras le explicaba que era todo lo que deseaba preguntar y que le agradecía mucho su tiempo. Estaba desconcertado y poco a poco me retiré de ella. Me miraba seria y me dijo que tenía mucho tiempo que no la visitaba la subdelegada municipal y que si la veía le dijera que necesitaba platicar con ella. Le dije que si me la encontraba le daría su recado y me fui hacia el automóvil. Una vez dentro, volteé hacia la casa y le tomé un par de fotografías mientras intentaba reflexionar lo sucedido. Avancé y fui pensando en tantas hipotéticas situaciones que la señora en mi mente pasó de cocinera a homicida y psicópata. Aún recuerdo como en una pesadilla su pregunta: “¿Me estás grabando, verdad?”.

Durante el trabajo de campo suceden imprevistos como los mencionados en esta terapéutica narración, pero son más las ocasiones en que todo va bien y los hallazgos son muy motivantes.

 

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