¿Qué conocemos acerca de los ciclones tropicales?

El monitoreo y la transmisión televisiva de los ciclones tropicales han modificado nuestra percepción acerca de estos fenómenos naturales. Pero a penas hace unas décadas que se conocen con certeza sus formas, velocidades de vientos, sus orígenes, desplazamientos y los impactos ecológicos y sociales que producen. Cada avance está registrado en la teoría y el estudio físico de los ciclones. Lo que me propongo a continuación es exponer una breve perspectiva general, con carácter de divulgación y más cercana a la historia.

Los españoles que llegaron al Caribe en el siglo XVI y a la región de la Península de Yucatán se enfrentaron con ciclones tropicales en el mar y en las costas. Para los religiosos que acompañaban a los conquistadores españoles, los huracanes eran atraídos con danzas por los nativos para generar destrucción. Y para los nativos indocubanos, caribes, taínos y mayas, los ciclones eran deidades que traían beneficios como la lluvia, la tala de montes para sembrar y la regeneración de la flora y fauna. Por ello los ciclones y el Dios Jurakán constituían parte de su cosmovisión y simbolizaban la lucha entre chacs buenos y chacs malos. Aunque los huracanes traen consigo más relámpagos que truenos, estos sonidos eran asociados con el conflicto entre los dioses. La lluvia era el sudor de los guerreros.

En gran parte era místico el conocimiento de los nativos con respecto a los ciclones tropicales, pero no ignoraban las características físicas generales del fenómeno. Sabían que era ciclónico, es decir, que giraba, pues observaban a los torbellinos, trombas y tornados, incluso los creían hijos del huracán que andaban jugueteando y tenían la misma esencia que el huracán, pero en pequeña escala. Sabían que eran recurrentes y hasta identificaron patrones de retorno intenso de entre 4 y 7 años en el Caribe. Percibían la intensidad del viento y sus impactos, por ello construían casas circulares llamadas bohíos y caneyes, las cuales facilitaban el curso del viento en distintas direcciones alrededor de la construcción. Sabían de los impactos de los materiales pesados arrojados por el viento como proyectiles y por eso sus bohíos y caneyes eran elaborados con palma tejida y ligera que no representaba tanto problema en caso de colapso. Sabían que era difícil resistir la fuerza de los vientos extremos y por ello decidieron reducir la exposición y se adentraron en la jungla para asentar sus comunidades entre 30 y 50 kilómetros de la franja costera. Prefirieron cultivar raíces y cubrir sus siembras con la selva, en lugar de exponer sus plantíos.

Estas evidencias históricas, arqueológicas y antropológicas son algunos de los descubrimientos que han hecho quienes investigan en las culturas ancestrales expuestas a los impactos de los ciclones tropicales. Algunos vestigios, documentos y rituales cuentan parte de la relación medioambiental humano-naturaleza-deidad.

Durante el período colonial en México, la imposición religiosa y el  desplazamiento del conocimiento ancestral, fracturaron la mayoría de las relaciones ecológicas. Un ejemplo claro está en la infraestructura. Las casas, por ley, debían construirse de materiales “sólidos”, en formas cuadradas, con una noción de orden en el espacio urbanizado a partir de un centro sociopolítico y religioso, sin importar la resistencia que oponían esos materiales y ubicación al curso de los vientos extremos, las inundaciones, las avenidas, desbordes de ríos y marejadas. Se impuso desde entonces y hasta la fecha, la terquedad cultural sobre la razón.

Los misioneros españoles debieron probar a los nativos mesoamericanos que su dios cristiano era capaz de controlar las fuerzas de la naturaleza. La labor continúa y aún hay casos de romerías para solicitar al Santo Patrono cierta protección contra las tormentas y los huracanes; y que en su lugar venga el buen “temporal”. Un ejemplo similar de estos rituales son los que se celebran en febrero en el estado de Colima con la Virgen de la Candelaria, en Tecomán y San Felipe de Jesús, en las ciudades de Colima y Villa de Álvarez.

Entre el siglo XVI, XVII y XVIII, numerosos registros de huracanes se han obtenido por medio de los reportes que hicieron los buques, naos y demás embarcaciones que transitaban los océanos comerciando o pirateando. En esos relatos hay registro del comportamiento del mar, del tamaño de las olas, velocidad y dirección de los vientos, duración del fenómeno, características de las nubes y las trombas. Y también hay relatos de prácticas místicas que iniciaron en el mar y pasaron a la tierra para enfrentar a los diversos fenómenos hidrometeorológicos, algunas de las comunidades que las practican intentan cortar las nubes, atar los vientos y aplacar las aguas con distintos rituales y artefactos.

Por otro lado, los instrumentos más precisos para registrar la velocidad del viento de los huracanes se popularizaron en Europa en 1870 y tardaron entre veinte y treinta años en llegar a México. Esos primeros anemómetros y otros equipos se distribuyeron entre las principales estaciones meteorológicas del país, pero la Revolución Mexicana también afectó el registro diario de los diversos fenómenos hidrometeorológicos en cada estación climatológica, en las cuales además se incorporó la medición de la precipitación pluvial, temperatura, el cauce de los ríos y otras observaciones en el entorno.

Con los pocos registros obtenidos entre 1900 y 1950 se han realizado esfuerzos por elaborar cronologías y reconstruir trayectorias, sin embargo hay mucha imprecisión y poca evidencia confiable. Los meteorólogos y climatólogos actualmente utilizan una o dos bases con datos que han sido aceptadas científicamente por consenso internacional entre los distintos centros de investigación y monitoreo, como la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA). Sobre todo se hacen uso de los datos obtenidos a partir de que se implementaron el monitoreo aéreo y el satelital. Poco se confía en los reportes marítimos, por lo tanto solamente se cuenta con datos confiables desde 1960 hasta nuestros días.

Actualmente el monitoreo se ha convertido en un espectáculo mediático que vende tiempo y gana público como cualquier noticia sensacionalista. Difícilmente encontraremos alguien que desconozca la forma del huracán y sus más generales características, debido al espectáculo de los medios de comunicación. Con imágenes satelitales y gran colorido nos muestran y destacan la velocidad de los vientos, el tamaño del ojo, la trayectoria, el pronóstico, zona de impacto en tierra, comunidades asentadas en su trayectoria, posibles daños y medidas oficiales de emergencia.

Debido a que meteorológica y climatológicamente se reconocen como confiables los datos de 1960 hasta nuestros días, es importantísimo utilizar la historia para recopilar todos los registros posibles contenidos en diversas fuentes hemerográficas y documentales resguardadas en los archivos municipales y estatales. Eso nos proponemos en parte quienes desarrollamos el proyecto “Los Huracanes en la Historia de México: Memoria y Catálogo” http://huracanes.ciesas.edu.mx/ Consideramos que 50 años de registros históricos de ciclones tropicales son únicamente un buen inicio para recopilar los 460 años o más, que hacen falta de registros de huracanes en nuestra historia. Además esos 460 años de ciclones tropicales son como un grano de arena en el reloj del tiempo de los 5100 millones de años que se especula tiene de existencia la tierra, según los geólogos. ¿Cómo entonces creemos conocer la historia de los huracanes? ¿A partir de qué registros pronosticamos su comportamiento? ¿Cómo pretendemos precisión en los patrones de recurrencia? ¿Cómo aseguramos que siempre han existido en las mismas zonas? ¿Cómo imaginamos dominar su extraordinaria fuerza?

Por lo anterior, creo más viable identificar las zonas históricamente propensas a los efectos e impactos, adecuar físicamente las características estructurales ciclónico-resistentes de las construcciones expuestas, implementar operativamente o en su caso probar la eficiencia de los sistemas de alerta de ciclón tropical, utilizar antropológicamente el conocimiento ancestral para fortalecer las capacidades de respuesta social, y además, políticamente equilibrar con justicia las dinámicas sociopolíticas y económicas que ha impuesto el actual sistema socioeconómico. En síntesis, necesitamos del conocimiento ancestral, la fe divina, la razón científica y la sensibilidad social, para utilizar nuestro conocimiento de los ciclones tropicales y reducir los impactos socioeconómicos, también llamados desastres.

* Licenciado en Letras y Periodismo, maestro en Historia y doctorante en Antropología en el CIESAS DF. Integrante de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos.

Urgencias: raypadillalozoya@gmail.com y raypadillalozoya@me.com

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