Las penas por sismos con vino son buenas

La historia de los sismos en Colima registrados en fuentes históricas inició el 27 de mayo de 1563, 41 años después de la fundación hispánica de Colima. Los impactos que causó este primer sismo sentido por los pobladores de Colima aún son imprecisos, pues los historiadores que han escrito acerca de esa época optaron por indagar otros asuntos y las alusiones a sismos apenas si los mencionan. Por ejemplo Juan Oseguera escribió solamente que en 1563 ocurrió el “primer temblor de que se tiene noticias” (1967, 305). Otros autores simplemente mencionaron “Temblor” en su cronología de sucesos importantes de Colima. Y para desgracia de la historia local, la mayoría de historiadores han sido copistas de sus antecesores. Algunos incluso plagiarios.

No es el fenómeno natural lo más importante, al menos no lo es para las ciencias sociales, pues para la historia y la antropología lo interesante es la forma como un sismo afecta el curso de la vida cotidiana de una sociedad impactada. Y con relación a esta premisa inicial se pueden formular múltiples cuestionamientos de investigación, como ¿cuáles fueron la reacciones oficiales del clero u otras instituciones civiles? ¿Qué tipo de arreglos realizó la comunidad para paliar los daños, reorganizarse y reconstruir? Y muchas otras preguntas.

El trabajo del investigador social consiste en indagar un tema en fuentes documentales o vivas, interpretar los sucesos, contextualizar, redactar lo ocurrido y sustentar las reflexiones con evidencia. Un interesante artículo que sirve para ejemplificar estos procesos con una investigación de Colima se titula “Cabildo, negociación y vino de cocos: el caso de la villa de Colima en el siglo XVII”. Este documento fue publicado en el año 2009 por la doctora Claudia Paulina Machuca Chávez. Ella se preguntó acerca del vino de cocos en la villa de Colima. Con documentos consultados en el Archivo General de la Nación y otras fuentes, redactó un documento en el que dio mayor importancia a la economía de la producción del vino de coco, pero además notó algunos fenómenos que afectaban la producción, sobre todo los huracanes y los sismos. Los huracanes porque destruían las palmas y los sismos porque dañaban las casas y ponían en riesgo la subsistencia de los productores del vino.

Cualquiera puede dar por satisfactoria una respuesta a la pregunta de investigación con algunas causas y efectos evidentes o superficiales. Sin embargo la doctora Machuca notó que los desastres detonados por el huracán del 29 de octubre de 1626 y los sismos del 23 de febrero de 1690 y del 12 de marzo de 1691 mostraban arreglos particularmente beneficiosos, relacionados con su tema de investigación. Por ejemplo, el desastre de 1626 sirvió para que “un año más tarde, el Cabildo de la villa de Colima se [dirigiera] al virrey don Rodrigo Pacheco y Osorio para solicitar una licencia de comercialización del aguardiente de palmas, argumentando que los habitantes estaban en extrema pobreza a causa de las intensas lluvias que habían arruinado las haciendas de cacaotales” (184). Y agrega que “el marqués de Cerralvo otorgó, en 1627, la primera de una larga serie de licencias que permitirían a los vecinos el libre trajineo del vino” (184). En 1631 “los colimenses ya habían producido 6,250 botijas peruleras, que equivalían a 3,000 litros” (184) de aguardiente.

El vino de coco en el siglo XVII atentaba contra la importación de vinos españoles y por ello la corona debía restringir la producción casera. Pero por curioso que parezca, los desastres fueron importantes en los argumentos esgrimidos por los colimenses para hacer la petición de licencia de producción de vino. De tal manera que, como lo señala la doctora Machuca, en 1691 “los vecinos de Colima comisionaron a Baltazar de la Vega para que, en nombre de ellos, informara al virrey sobre los daños que habían causado los terremotos de 1690 y 1691” (189). El capitán de la Vega expuso ante las autoridades lo siguiente:

“vecino y casado en la villa de Colima, enviado con el poder de los vecinos della a los pies de vuestra excelencia a que le dé noticia del segundo terremoto de tierra a que nuestro señor envió el día de San Gregorio, doce de marzo deste año [1691], que se juzgó por su terribilidad por el juicio final que duró tiempo de un Ave María, la fuerza que acabó de postrar a una villa antigua y […] compuesta de buenos frutos, echando por el suelo todo lo que había podido reedificar del primer terremoto, templos, casas a veititrés de febrero del año de noventa [1690], a expensas del crecido trabajo que ahora no volviese a ejecutar lo propio, derribando haciendas de trapiches, haciendo pedazos formas y azúcares y mieles por los suelos, por ser el tiempo de moliendas. El terremoto segundo que sucedió y las haciendas de palmas de hacer vinos de cocos tan medicinal, en muchas partes perdidas sus cosechas derramadas en todo por los suelos y sus vasijas hechas pedazos, pérdidas muy sensibles para muchos siglos, y los temblores continuándose de noche y día sin faltar…” (189)

Con argumentos tan conmovedores de la miseria en que se encontraban los colimenses, cualquier autoridad podría parecer insensible si no renovaba la licencia para elaborar el aguardiente. Este es un ejemplo de la manera como las sociedades encuentran formas de enfrentar sus desgracias, por imprevisibles que sean, y a la vez obtener beneficios. Resalta que los colimenses insistieron en diversas ocasiones en la renovación de la licencia para producir vino de coco y no impulsaron otro producto más de entre las distintas posibilidades que ofrecía el territorio. Seguramente la respuesta es más pragmática que estrategia comercial y más festiva que lucrativa. Al respecto la doctora Machuca argumenta que “el cura de Arantzan, Michoacán, se manifestó en contra de muchos […] Para esto tienen a Colima, que con sus palmas y vino de cocos que destila, tiene destruida esta provincia” (191-92). En otras palabras, para el cura, los desastres de Colima también llegan con el placer etílico.

A 447 años de registrado el primer sismo y a punto de cumplirse 25 años de los sismos del 19 de septiembre de 1985, valdría la pena recopilar y redactar los abundantes relatos relacionados con cada uno de los sismos percibidos en Colima. Pero además es urgente comenzar a preguntarnos ¿cómo ha sido la historia de las sociedades colimenses que han enfrentado sismos y desastres en distintas épocas?

El artículo de la doctora Claudia Paulina Machuca Chávez es antecedente de la forma como la sociedad colimense ha obtenido beneficios hasta de los desastres. Algunos impactos de fenómenos naturales han sido de corto alcance, pero otros fenómenos como el alcoholismo tienen impactos aún en nuestros días, pues los colimenses son asiduos bebedores de alcohol y están en los primeros lugares de consumo, en proporción a la cantidad de habitantes. Si eso deprime, lo mejor es tomar una copa de vino.

Referencias tomadas de: Machuca Chávez, Paulina (2009) “Cabildo, negociación y vino de cocos: el caso de la villa de Colima en el siglo XVII”, en Anuario de Estudios Americanos (66) Sevilla, España, 173-192.

* Licenciado en Letras y Periodismo, maestro en Historia y doctorante en Antropología en el CIESAS DF. Integrante de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos.

Urgencias: raypadillalozoya@gmail.com y raypadillalozoya@me.com

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