Teodoro Guerrero Gallardo, bajo la mirada divina III

(Tercera parte, última) Entrevista con el sacerdote Teodoro Guerrero Gallardo, audiograbada en la ciudad de Cuauhtémoc, Colima, la tarde del día 8 de junio de 2003, dentro del curato de la parroquia. La entrevista es extensa y por cuestiones de espacio he trascrito y editado algunos fragmentos. La pregunta de investigación se planteó para descubrir ¿de qué manera fue su experiencia con relación al huracán del 27 de octubre de 1959?

En cuanto pude, ya con la luz del sol, me fui por el lado de la Cruz, por el lado del Cerrito de la Cruz, porque no se podía caminar por cualquier lado. Entonces me iba encontrando gente muerta, heridos, etcétera. Y duré casi todo el día para llegar a una islita, allá hacia el lado del río, donde vivía la señorita Andrea Figueroa. Su casa y la de Miguel Figueroa, eran como un hospital lleno de heridos, sabe cuántos heridos habría.

Me iba acompañando un muchacho que se llamaba Alfredo Madrigal. Y entonces yo le decía: “¡Mira ahí está un muerto!… ¡mira otro!”. Encontramos dieciséis muertos en un ratito.

Acepté la invitación de Justino Bejarano y me fui a su casa, incluso yo todavía traía al Santísimo y le dije a Justino: “Oye ¿hay un lugarcito para guardar al Santísimo?” Y lo pusimos en una mesita el altarcito. Estando allí se hizo noche y comenzaron a llegar personas con cadáveres y muchos heridos. La gente en sus creencias tenía que no debía haber muertos con heridos, porque se les pega la gangrena o quién sabe qué decían. Allí no había dónde velar tanto muerto. Entonces les dije: “Miren, discúlpenme. Yo sé su dolor, pero miren cómo está de muertos aquí ¿A dónde los vamos a llevar? Y pues alguien optó por ponerlos en una cerca de piedras que estaba allí junto a la casa de Justino. Y no me lo va a creer, pero pues en la noche nos dimos cuenta de que bajaban coyotes del cerro, tratando de comerse los cadáveres.

¿De qué manera reaccionó la gente con usted cuando pasaba junto a ellos, en los días martes y el miércoles?

Pues al principio no lloraba nadie. Cosa impresionante. Pero conforme fue pasando el tiempo, entonces sí lloraban, era su forma de manifestarse. Y me decían: “¿Padre qué vamos a hacer?” Y pos lo único que les decía era: “Pues miren, tengan confianza en Dios y Dios sabrá lo que vamos a hacer, ni yo sé contestarles, pero tengan confianza, Dios no nos va a dejar. Todos quedamos ya sin aliento de nada, sin ilusiones de nada.

¿Y cómo empezó a auxiliar a las personas?

Primero espiritualmente, en lo material ¿qué podía hacer yo? Si yo estaba en las mismas condiciones. Pero gracias a Dios comenzaron a llegar las despensas. Pero el trabajo nuestro fue organizar a las familias por nombre, apellido, etcétera, para presentar en listas a los que llevaban las despensas. Yo también tenía que formarme para ir a recibir la despensa, cosa que me daba mucha pena, mucha verguenza, pero ¿qué más hacía?

¿Colaboró en la búsqueda de sobrevivientes?

Sí, claro que sí. Ah, el señor Obispo de Alba fue muy comprensivo, inmediatamente mandó dos sacerdotes jóvenes. Ellos me decían: Mira tu por favor descansa, también eres víctima, venimos a ayudarte, deja de preocuparte. Y ellos se metieron pero de veras de lleno. Ellos fueron el padre Juan José Rincón y el padre Javier Trujillo. Ya murieron.

El día seis de noviembre llegó el señor Obispo, con el Delegado Apostólico, Luigi Raimondi, representante del Papa. Dimos un recorrido y me acuerdo que en un tambo viejo y todo sucio firmó (el Delegado) una fotografía de él que decía: “Al pueblo católico de Minatitlán, en su hora de prueba, con mi afecto y especial bendición”.

¿De qué forma sobrevivieron antes de que llegara la ayuda?

Mmm no sé, como que no teníamos hambre ni sed, yo no me explico. No me explico cómo, todo el martes, todo el miércoles, todo el jueves no había qué comer. Bueno, gracias a Dios allí con Justino no nos faltaron las tortillas y frijoles, porque él tenía mucho maíz y frijol y él nos daba de comer, pero a mí me daba mucha pena con doña María Cárdenas, esposa de Justino. Ella torteando todo el día para darle aquella gente y yo me sentía una carga más.

¿De qué manera mantuvo su relación con Dios?

Pues rezando lo que yo podía y como podía. Antes se llamaba rezar el breviario o rezar el oficio divino, hoy se llama liturgia de las horas y antes nomás algunas religiosas y los sacerdotes la rezábamos. Por la noche rezábamos el rosario con la gente que ya estaba ahí hospedada. Ni podía celebrar misa. ¿Dónde la hacía? Hasta el viernes se pudo improvisar un altar en el atrio, en la esquina del templo. Había entonces unos tabachines o jacarandas. Y ahí estábamos en medio, en un parejito de tierra, donde había menos lodo. Ahí se celebró la primer misa, la ofició el padre Javier, yo estuve confesando.

¿Cómo imaginaba el futuro de Minatitlán?

Todo mundo decía que el gobernador (Rodolfo Chávez Carrillo) quería cambiar a Minatitlán a otro lugar, pero la gente se oponía. Las frases que me quedaron más grabadas fueron las de la señorita Andrea Figueroa, la maestra de cara recia y de una fe muy viva. Ella decía: “Aquí nos dejó Dios, aquí nos salvó Dios y aquí tenemos que seguir; qué irnos, ni qué irnos”.

¿Y cómo siente ahora que fue su participación?

Como que hice lo que pude. ¿Qué más podía hacer? Yo me sentía incapaz, sin medios para auxiliar como yo hubiera querido. ¿Qué hacía? Entonces hice lo que pude. Dicen por ahí que “el que hace lo que puede, hace lo que debe”.

¿Y cómo es para usted regresar a Minatitlán?

Siento mucho gusto volver. Pero ya no tiene razón venir, ya no encuentro a todas las personas de entonces. Pero hay un fenómeno ahí interesante: las personas que me conocieron de entonces les transmiten (la historia) a sus hijos. Porque a pesar de que yo salí el año sesenta, encuentro jóvenes que como si me conocieran. Siento mucha gratitud y aprecio por ellos.

La voz del sacerdote Teodoro Guerrero se cortó en varias ocasiones, tuvo que pasar saliva pues sus lágrimas se asomaron y él las contuvo. En su relato son evidentes las primeras etapas del desastre: la emergencia y la respuesta, pero asociadas con el desempeño espiritual. En el mismo espacio, pero desde otro frente de ayuda, los funcionarios públicos realizaron otras acciones vinculadas con el entierro de los cadáveres en fosas comunes, el rescate de cuerpos heridos y la atención médica y alimenticia. Esta entrevista permite saber qué hace un sacerdote en medio de un desastre y bajo la mirada divina.

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