Teodoro Guerrero Gallardo, bajo la mirada divina II

(Segunda parte) Entrevista con el sacerdote Teodoro Guerrero Gallardo, audiograbada en la ciudad de Cuauhtémoc, Colima, la tarde del día 8 de junio de 2003, dentro del curato de la parroquia. La entrevista es extensa y por cuestiones de espacio trascribiré y editaré algunos fragmentos. La pregunta de investigación se planteó para descubrir ¿de qué manera fue su experiencia con relación al huracán del 27 de octubre de 1959?

¿Qué pensaba que estaba ocurriendo?

No sabíamos ni qué. Todo mundo decía: “Es el fin del mundo”. Y no sabíamos qué era. Después (supimos) que el ciclón se vino. Vulgarmente el pueblo le dice culebra o tromba. De hecho quedaron los cerros desgarrados. Quedaron barrancos donde se clavaron los chorros de agua.

¿A qué hora iba a celebrar la misa ese día martes?

La misa ordinariamente era a las seis (de la mañana) pero ya no se podía por tanto aire. Estábamos pensando en poner café y frijoles para darle a la gente, porque nos dimos cuenta que muchas personas se iban a quedar sin casa. Con mis familiares pensamos en eso, pero pues no sabíamos que también a nosotros nos iba a pasar lo mismo.

¿Qué actitudes manifestaba la gente en el momento del desastre?

Desesperación, tristeza, dolor moral y pendiente por sus familiares. Los que alcanzaron a llegar al templo, dejaron sus casas. Por ejemplo Héctor Mancilla llegó allí al templo, y (el flujo de escombros) ya se había llevado su casa, su mamá y hermanos, tengo idea de que perdió veintisiete familiares muy cercanos entre papás, hermanos, primos, etcétera.

Yo había mandado a hacer con un pintor de Tuxpan, Víctor Campos, dos imágenes: una de la Virgen de Guadalupe y otra de la Virgen del Refugio, grandes y las tenía en la sacristía. Pero en el momento que entró el agua se las llevó, las sacó por detrás del templo, fueron a dar cerca del río. Y después, cuando ya pasó todo, unos muchachos me las llevaron y me preguntaron: “Padre qué hacemos con las imágenes”, les dije: “¡Quémenlas!” Yo estaba tan desesperado que ya no tenía ilusión de nada. Pero entonces un familiar me dijo: ¡Qué quemarlas, ni que nada, a ver traiganlas!. Las lavó casi con agua sucia y ahí están todavía en Minatitlán, sin un rasguñito. No se explica uno cómo.

También yo tenía una mula y un venadito. No me explico cómo en aquella inmensidad de agua se salvó la mula y el curato se acabó por completo. Y el venadito después de que pasó todo, nos lo encontramos. Por cierto que nos lo comimos, porque no teníamos más que comer y pues peligraba la vida del pobre animalito con los demás animales, como los perros que lo perseguían. Mejor preferimos matarlo.

¿Qué características tenía el templo y hasta dónde llegó el agua?

Del tamaño pos es lo mismo que ahora. El lodo (llegó) una cosa rápida casi a la cintura. Pero donde estábamos nosotros, en el presbiterio, como es más alto, allí a penas nos cubría los tobillos. En el templo quedamos ciento nueve o ciento diez (personas) entre ellas un soldado, de los pocos que entraron. Era de Tolimán, era un cabo, no recuerdo su nombre.

¿Qué vio al salir de templo?

Cuando salimos vimos que el pueblo se había acabado por completo. Por eso el templo se sacudía como si estuviera en un terremoto. Y eran piedras que le pegaban a los muros. Y después nos dimos cuenta que tres piedrononas se acomodaron por espaldas del templo. Pero a cierta distancia. ¡Desgraciadamente o lástima! Que alguien las dinamitó y les quitaron altura. Esas debieron haberse guardado ahí como un monumento. Creo que ahora hicieron ahí una plaza de toros o algo así queda por ahí cerca de esas piedras. Bueno, lo que quiero decir es que esas piedras desviaron la corriente. Entonces se partió la fuerza de la corriente, una a mano izquierda, viniendo del Cerro de Los Copales por un canal en el Cerrito de la Cruz y otra parte se fue por la derecha. Pero si toda esa agua hubiera ido en la dirección del templo, entonces sí no hubiera quedado nada.

¿A qué hora salieron del templo?

Como a las seis y media de la tarde; ya oscureciendo, ya había dejado de llover. Y se vino una noche oscura, fría y no teníamos un cerillo, ni una vela. Entonces se alumbraba uno pues con aparatitos de petróleo. No teníamos nada con qué iluminarnos, andábamos a oscuras. A mi me invitó Justino Bejarano a su casa, que no se dañó, para el lado del Panteón. Él con mucha caridad me dio hospedaje y a muchas personas nos daba de comer. Ahí en el suelo nos acomodábamos para dormir.

Ese día como pudimos pasamos del templo a la calle, porque en la calle se hizo un arroyo o un sanjón. Entonces de las vigas de las casas que se cayeron, hicieron un puente para pasar de un lado a otro.

Me encontré con el presidente municipal, Juan Michel Figueroa, que ya andaba viendo cómo nos organizábamos. Le dije: “Mira Juan, tú dedícate a los muertos, yo me voy a dedicar a los moribundos para darles un auxilio espiritual. A ver quién se encarga de los niños. Porque (andaban) los niños buscando a sus padres, echaban a andar y era muy peligroso que se hundieran o perdieran en el fango. Por ejemplo allí en el jardín quedó a varios metros de altura el lodo, por eso era muy peligroso. Pero ya no nos dio tiempo la noche, se nos vino encima y yo ya no supe de más. Hasta otro día, cuando me levanté.

Urgencias:

raypadillalozoya@hotmail.com y rpadilla@ucol.mx

http://raypadillalozoya.diinoweb.com/blog

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