Riesgos y desastres memorables

Nuestra vida trascurre cronológicamente y la dividimos en fragmentos notables, porque nos recuerdan momentos felices, tristes de éxito, fracaso, riesgos, desastres y demás situaciones propias de la cotidianidad. Dudo que exista quien sea plenamente  consciente de que un minuto incluye 60 segundos, una hora 60 minutos, un día 24 horas, una semana siete días, un mes cuatro semanas, un año 12 meses, etcétera y que además considere todos esos momentos “memorables”. Entonces, si solamente rememoramos algunos recuerdos, de ¿qué temática son alusivos? Y ¿cuáles son los que olvidamos voluntaria o involuntariamente? Y sobre todo ¿qué implica olvidar algunos acontecimientos? Parte de mis recuerdos están asociados a riesgos y desastres.

Nací un 26 de noviembre de 1974, en Tuxpan, Jalisco, pero desde 1994 vivo en Colima, donde encontré escuela, amigos, trabajo, familia y amor. Es decir, lo que algunos suelen llamar destino. En Jalisco y en Colima mi vida ha estado en riesgo en innumerables ocasiones, cinco rememoro ocasionalmente. También he sido testigo de cuatro desastres, con proyección internacional; lo aclaro porque además he visto muchísimos desastres menores, que en conjunto suman un gran número de víctimas y daños materiales.

En el año de 1980, cuando estudiaba en el kinder del Colegio Sor Juana Inés de la Cruz, en Tuxpan, la clase de educación física fue realizada en un parque, para preparar nuestra participación en el desfile del 20 de noviembre. Recuerdo que después de practicar el paso redoblado y el paso corto, mi amigo Salvador “Chava” Sánchez y yo regresamos corriendo a la escuela, como lo hacen los niños despreocupados. Pero al cruzar una calle, “Chava” alcanzó a pasar y yo fui arrollado por atravesarme en el tránsito de una camioneta. Me aventó con tal fuerza que quedé tirado junto a un poste de luz. Y no recuerdo bien si se tambaleaba o mis ojos estaban desorbitados. Me llevaron al hospital y me dieron de alta horas después. En esa ocasión mi imprudencia me puso en riesgo.

Cuatro años después, en 1984, los alumnos del Colegio Iturbide, de Tuxpan, acudimos a los juegos deportivos inter-primarias en Ciudad Guzmán. De regreso, en una camioneta tipo Suburban, viajábamos 15 estudiantes y un chofer apurado por llegar a la boda de su hermana. Por la prisa, el chofer quiso rebasar a otra camioneta y su imprudencia volcó el vehículo en el que viajábamos. Giramos varias veces sobre el pavimento y fuimos expulsados casi todos mis compañeros y amigos. El accidente costó la vida de ocho niños y el chofer, sobrevivimos siete. En este evento la imprudencia del chofer me puso en riesgo.

La mañana del jueves 19 de septiembre de 1985 desperté sobresaltado porque la casa, en Tuxpan, era sacudida por un sismo. Después del susto y las explicaciones de mis padres, escuchamos en la radio que había caído la catedral de Ciudad Guzmán y decidimos constatar la noticia por nuestros propios ojos. Entramos a la ciudad poco a poco, debido al embotellamiento automovilístico, pero de pronto pasaron corriendo muchas personas, gritando que venían explotando los cilindros con gas butano. Ante esa alarma, salimos del auto y corrimos entre la asustada muchedumbre. A unas cuadras nos detuvimos, porque notamos que no se escuchaba alguna detonación y al parecer estábamos en medio de una psicosis colectiva, propiciada por la enorme destrucción que causaron el sismo y las casas mal construidas, asentadas en una zona de riesgo y desastre, donde voluntariamente expusimos nuestra vida.

El 22 de abril de 1992, a las 10 de la mañana, mi familia y yo subíamos las escaleras de la salida del tren ligero en la estación Universidad, en Guadalajara. De pronto se escucharon tres explosiones que hicieron vibrar el suelo, pero no hubo más reacciones y seguimos nuestro camino hacia el centro de la ciudad. Al cruzar el zócalo, pasó frente a nosotros el entonces gobernador Guillermo Cosío Vidaurri y su distinguido séquito de asesores, quienes le aconsejaban que abandonara la zona porque estaba en riesgo y podía explotar en cualquier momento. Nosotros escuchamos el comentario del agitado asistente e inmediatamente nos fuimos en sentido contrario al barrio de Analco. Es decir, prudentemente nos alejamos del riesgo de un desastre.

Colima es una tierra hermosa y próspera, pero se sacude ocasionalmente fuerte, como sucedió en los años 1995 y 2003. Cuando ocurrió el sismo de 1995, cursaba el segundo año de la carrera de Letras y Periodismo en la Universidad de Colima y recuerdo que los estudiantes y profesores salimos asustados corriendo a los patios. Después escuchamos en las noticias los daños ocurridos en Manzanillo; sobre todo el colapso del Hotel Costa Real.

Ambos sismos fueron intensos, pero sobre todo el más reciente. Sin embargo haberlos vivido no ha sido lo más memorable, sino lo que me han enseñado esos sucesos, pues he aprendido a vivir en riesgo y consciente de que en el transcurso de mi vida atestiguaré muchísimos desastres. Es importante recordar los riesgos y desastres, porque si los olvidamos, nos volvemos más vulnerables. A diferencia de otros recuerdos, olvidar los riesgos y desastres nos puede costar la vida, pues está expuesta voluntaria o involuntariamente en cada segundo, minuto, hora, semana, año, etcétera.

Urgencias:

raypadillalozoya@hotmail.com y rpadilla@ucol.mx

http://raypadillalozoya.diinoweb.com/blog

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