Conciencia del tiempo, hace veintitrés años

Para Funes, el memorioso.

 

La historia es más que identificar el tránsito cronológico de sucesos, acontecimientos, eventos, hechos y causas, porque implica construir, individual y colectivamente, una similar conciencia del tiempo. En ese sentido cabe preguntarnos ¿somos concientes del tiempo transcurrido entre un suceso y otro, entre un evento y otro, entre hechos y causas del pasado? Aún es debatible el tema, pero al menos yo considero que el tiempo no surgió con los números, como algunos piensan. Creo que el tiempo fue producto de una “necesidad” de construir una “conciencia” del tiempo y se manifestó, primero, a través de la “oralidad”. En algún lenguaje fue expresado un lapso corto, mediano o largo. ¡Cuidado! porque decir: “lapso de tiempo” lingüísticamente es un fenómeno conocido como pleonasmo, debido a que solamente existen lapsos de tiempo. Sin embargo la mayoría de nosotros somos indiferentes a la conciencia del tiempo y más a la necesidad de representarlo.

La necesidad ha propiciado la construcción de muchos descubrimientos y ha favorecido deducir remodelaciones a herramientas y extensiones que facilitan la vida cotidiana. En este sentido, la necesidad de representar un lapso se satisface con la conciencia del periodo transcurrido, lo cual es posible a través de la oralidad y/o la gráfica. Con el desarrollo de la simbolización y la significación, surgieron las líneas, sombras y números que representan el tiempo en cronologías breves o amplias. Confieso que para mi es menos complejo comprender un lapso cuando está escrito o aún mejor, descrito. Por ejemplo “ahorita” como al parecer solamente decimos los mexicanos, para mi son las doce cuarenta y ocho pasado meridiano del día diecinueve del mes de septiembre del año dos mil ocho. Y no las 12:48 pm del 19/11/2008.

El problema del tiempo se complica cuando tenemos necesidad de construir la conciencia del lapso transcurrido entre un suceso, acontecimiento, evento o hecho, desde nuestro preciso y momento actual. Este es un ejercicio similar al que propuso el historiador francés Michel de Certeau, cuando construyó un discurso historiográfico, con una perspectiva desde su tiempo y lugar de origen, para viajar hacia el pasado. Gráficamente ese ejercicio se representaría como con un punto de fuga, desde donde iniciamos la construcción del lapso que deseamos expresar. Esta es la perspectiva con la que un historiador inicia el proceso de la investigación.

Por ejemplo, hoy tengo la necesidad de una conciencia acerca del lapso transcurrido en veintitrés años, desde que experimentamos uno de los eventos más desastrosos en la historia de nuestro país, la mañana del diecinueve de septiembre de mil novecientos ochenta y cinco. Pero no me satisface solamente detectar la notoriedad del suceso, el acontecimiento desastroso, el evento sísmico, los hechos notorios, las causas evidentes, porque tengo necesidad de una historia plena. Pero es irrealizable, porque la historia se compone de múltiples interpretaciones y hasta ahora, por absurdo que parezca, conocemos muy poco de ese desastre. Tenemos conocimiento de qué ocurrió esa mañana y unos cuantos días posteriores; sobre todo se ha quedado en nuestra memoria el recuerdo de la destrucción material y deducimos las pérdidas humanas. Desgraciadamente no tenemos conocimiento de la historia de los sismos en la Ciudad de México, previos al del año mil novecientos ochenta y cinco. Incluso, como ciudadanos promedio,  conocemos poco los procesos de reconstrucción, resiliencia y adaptabilidad social, lo no material, porque eso es un poco más evidente entre quienes viajan regularmente a esa jungla de asfalto.

Hemos aprendido una historia fragmentada, que sería más entendible en conjunto. Pero solamente quedan restos en nuestra memoria. Necesitamos de una conciencia del tiempo transcurrido en veintitrés años, desde aquel diecinueve de septiembre de mil novecientos ochenta y cinco, cuando ocurrió el mayor sismo en la Ciudad de México (en nuestro referente histórico). También se ignora la historia de la Ciudad de México asociada a los sismos, construida desde nuestros días hasta el pasado más remoto, pero que incluya antecedentes, sucesos, eventos, hechos y causas sociales.

Los estudios históricos de desastres son esfuerzos para construir pequeñas y/o grandes interpretaciones históricas. Son producciones que reconstruyen fragmentos de la memoria. Y tal vez en su conjunto nos cuenten una historia plena, total, integradora y llena de lapsos relacionados entre si, como procesos de cambio. Finalmente el tiempo no importa, es una construcción de nuestra memoria y de nuestra experiencia de vida. Por ello es necesario construir y fortalecer la memoria asociada a los desastres, para no olvidar que somos vulnerables en cualquier lugar y prevenir los riesgos. El tiempo es recluso de nuestra memoria, pero ella se desvanece si no la rescatamos y plasmamos. Se han extinto los hombres como Ireneo Funes, el memorioso, amigo de Borges, capaz de recordar con todo detalle lo ocurrido en torno a su vida, incluso el más leve detalle, en cualquier dimensión espacio temporal.* Afortunadamente quedamos nosotros, los desmemoriados, para en conjunto recordarlo, mantenerlo en la memoria y construir su historia con plena conciencia del tiempo.

Referencia:

http://biblioteca.iapg.org.ar/iapg/ArchivosAdjuntos/Petrotecnia/2004-3/FunesElMemorioso.pdf

Urgencias:

raypadillalozoya@hotmail.com y rpadilla@ucol.mx

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